Nunca antes como ahora los resultados mandan. Si los triunfos acompañaran al equipo nacional otra sería la historia y nadie hablaría de las dos mujeres en el cuarto de Farfán, de los jadeos de Mendoza en el estacionamiento del hotel ni mucho menos de los cigarritos que fumó y las cervecitas que tomó Acasiete con una amiga, la cual reconoce que se amaneció con el zaguero, pero que jura no tuvieron sexo, porque sólo son amigos.
Culpables somos todos, desde Manuel Burga hasta los hinchas, pasando por periodistas que lideran una corriente de opinión de acuerdo a su conveniencia, de quién da más. En las victorias solemos endiosar al corito. Un grupo mediocre y pusilánime que deja en claro que estamos muy cerca de la sima que de siquiera mirar o soñar con alcanzar la cima. Ahora todos nos rasgamos las vestiduras, pero si esto siempre pasó. O ¿acaso creen ustedes que es la primera vez que los jugadores se relajan con cebada y mujeres?
Ya las cosas están dadas. Sólo hace falta sacar el desinfectante. Un purificador de ambiente y de espíritu - es que la camiseta nacional merece respeto - y limpiar a todos. Es que luego de los excesos cometidos, todos absolutamente todos hemos quedado embarrados.
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